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jueves, 25 de abril de 2019

CON OJOS DE GATO NEGRO: educar con la narrativa del horror




I


Ese lunes iniciaba la época de lluvias, el cielo estaba particularmente gris, las gotas resbalaban por las ventanas del salón de clase y hacía frío. Verbalizar a la audiencia la primera frase del cuento bastó para introducirme en el personaje. Se trataba de una edición en formato tabloide, papel glasé, ilustrada que contenía "El gato negro". Había un sabor extraño, una noción de idea prohibida –como como quien corre directo hacia el infierno– en esta locura de empezar el lunes de la semana dedicada al libro leyendo a un maldito.

Al terminar de leerlo se hizo silencio. Yo admiro ese particular silencio que nos deja una lectura una vez que nos complace o nos confronta. Un estudiante levantó la mano para manifestar que nunca había leído un cuento de horror. Otro intervino para hacer afirmaciones en torno al relato.

Pero la pregunta de uno determinó el curso de la clase:
¿Por qué leemos a un asesino que mata a sus mascotas y a su esposa? ¿Está eso bien?

Yo había tenido la precaución de leer la biografía del autor en la que se señalaba: "pertenece al romanticismo".



II



Desde la Edad Media hasta el Renacimiento, la humanidad no pudo mirar más allá de la interpretación católica de la vida y del mundo, estamos hablando de poco más de 500 años en que se mantuvo un veto a la racionalidad. Dicho con palabras de uno de mis alumnos: la única luz era la de los vitrales de las iglesias.

Pero el romanticismo rompió esas ventanas y la gente comenzó a escapar de los fríos muros del pensamiento escolástico para ir directo al bosque a plena luz del día. Lo importante del romanticismo es el giro drástico, la revolución implicada: dejar de mirar a Dios para mirar al hombre.

La proliferación de los discursos liberó siglos de represión sostenida, el hombre comenzó a verse claramente y esto derivó en una mirada más auténtica sobre la naturaleza interior del hombre.

¿Será por eso que la esposa del protagonista -con la cabeza del gato-. emerge del fondo de los muros, irradiando un horrendo brillo desde el ojo felino? Preguntó un estudiante, uno que no había hablado.



Librándome del error de imponer solo una interpretación sobre el texto analizado, seguro de que la mayoría de las preguntas son respuestas -hecho por el cual evito como profesor hacerlas-, y contra la pésima costumbre del sistema educativo de tener una explicación lista todo, guardé silencio.



III



El horror es un pedagogo de la sociedad, un fenómeno que organiza y transmite de sabiduría. Así lo vivió Occidente en concreto a partir del pensamiento helénico. El hombre griego asistía al teatro a horrorizarse con la trama, comprendiendo el peligro que aguarda el irrespeto al designio de los dioses. A partir de esta idea es que el horror empieza a conformar los límites de lo prohibido.



El horror, entendido como límite de lo prohibido es de suma importancia en la construcción de ciudadaníaS (enfatizo el plural, porque apelo a la pluralidad como un principio insoslayable de una sociedad que participa de multiplicidad de puntos de vista).



Con el tiempo, el desarrollo del pensamiento a partir del psicoanálisis le dio, a través de Freud, una condición atrevida e importante al proponer que "El horror se manifiesta en lo familiar" (heimlich/unheimlich).



Lastimosamente, los medios de comunicación son actualmente los principales proveedores de narrativas que no se prescriben a la ética, sino a los intereses de un pequeño grupo encargado de construir verdades que favorecen el sostenimiento de su status quo. En nuestra época el miedo se reduce a ser víctima de una pandemia, objeto de un ataque terrorista y al abuso de sacerdotes pedófilos, lo que está de fondo es un catálogo de intereses que van desde las trasnacionales de la farmacéutica, pasando por la concepción -caduca a mi juicio- de la idea de un Estado poderoso destinado a brindarnos protección (ese Leviathán sobre el que escribió Hobbes), hasta una campaña contra la Iglesia católica para el favorecimiento de un sector empresarial sumamente poderoso que se aglutina bajo el evangelio como un elemento cohesor, lo que asegura su lugar dentro del privilegio y el poder.



IV



Pienso en un currículo de enseñanza de la literatura para jóvenes que restituya la importancia ética que tiene el horror a través de sus diversas expresiones estéticas. He visto el gusto compartido en aula mediante la lectura de "Carta al padre" de Franz Kafka, porque en el seno familiar la sombra autoritaria del padre sigue arreciando a través de la aparente sutileza.



Pienso en textos de Charles Bukowski, ese maldito de la literatura cercano a nuestra época que criticó al sistema y que trazó líneas llenas de ternura en medio de la locura y la transgresión



Pienso en E.T.A. Hoffman con su "Hombre de arena", en la maldad del Dr. Frankenstein y en la ternura de su monstruo, pienso en los versos proscritos de José Antonio Ramos Sucre, en la importancia de leer la locura, el crimen y la muerte, para aceptar que lo humano sigue aun en proceso de humanizarse.



Pienso que gracias a los horrores es que valoramos la paz y la vida, y que esta razón basta para que nos acerquemos, con la debida responsabilidad, al horror.




Leonardo Bustamante
ljbr111280@gmail.com

lunes, 15 de abril de 2019

Dios entre líneas

Escribo estas notas un día lunes de Semana Santa, a intervalos entre rememoraciones de las que extraigo mi propia experiencia de juventud sedienta recorriendo monasterios y casas de oración, con una Biblia que tiene una cubierta de cuero con cierre, hecho que la protegió de las inclemencias de mi adolescencia transhumante. Ha sido difícil para mí -al igual que para muchos- hallar un lugar en el mundo, pero en mi caso particular este conflicto acabó por convencerme de que mi existencia, si es en verdad inagotable, no pertenece a este mundo, ya que la lógica de la vida está signada por lo imperdurable: cuanto vive sobre la tierra, aún cuando tenga un lugar, está convocado a desaparecer. Por otro lado siempre he mantenido la confianza de que acaso en el cielo de Swedenborg que conocí a través de los laberintos borgianos, sí pueda haber un lugar con mi nombre, razón por la cual me hago bajo la luz de la racionalidad. La vida puede ser un péndulo que gravita entre la razón y la intuición.  
Debo reconocer que existe un tipo de lectura que no se apega a los procesos cognitivos inherentes al acto de leer, sino que sigue otro curso, porque no se efectúa a través de la vertiente de la racionalidad, una lectura que sosiega la mente y relaja el cuerpo, suscitando un silencio comparable a la experiencia de la nada. Esta lectura tiene el poder de trasladarte al Paraíso de los místicos Medioevales. San Juan de La Cruz describía el Reino como una infinita planicie oscura, en su poema teológico canta:

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dibujo / "Subida a Monte Carmelo",
otro poema de Juan de la Cruz

"Oh! noche oscura
con ansias 
en amores inflamada
oh! dichosa ventura
salí sin ser notada
estando ya mi casa sosegada"






El signo que caracteriza definitivamente a esta lectura es el de la oscuridad, precisamente porque en su realización anula la luminosidad de la razón y se trata de un tipo de lectura antiquísima que tiene el propósito de conectar al alma con el Creador. Pese a su antigüedad y su extendida presencia en millones de lectores cristianos, ha sido desconsiderada por la racionalidad de Occidente. 

Durante la Edad Media, época en la que prevalecía el pensamiento escolástico, el cual determinaba la estructura de los textos a modo de argumento y refutación, se mantuvo una manera de encontrar a Dios entre líneas a través de la "Lectio Divina". De hecho, hasta el día de hoy su particularidad es tan manifiesta que los conversos, toda vez que tienen el libro sagrado -la Biblia, compilación de 66 libros que organiza temporalmente la historia de la salvación en dos colecciones: veterotestamentarios (del Génesis hasta los Salmos, dependiendo de criterios editoriales) y neotestamentarios (del Evangelio de Lucas, hasta el Apocalipsis)-, practican un modo de lectura que revela a Dios entre las líneas. Básicamente se resume en los siguientes pasos: 

(1) Busque un lugar tranquilo, "cierre la puerta"
(2) Dispóngase a tener un encuentro con Dios
(3) Pida al Creador que se revele a través de la lectura
(4) Lea despacio, identificando versículos que puedan estar dirigidos para usted
(6) Recítelos, permitiendo que la Palabra llegue a su corazón
(7) En un momento de silencio, medite qué le pide Dios
(8) Haga una acción de gracias por los dones recibidos

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José, interpretando los sueños
del panadero y el copero del faraón
Creo haber encontrado a Dios entre algunas de las lineas del texto que sostiene la historia de José, el hijo de Jacob (Gen, 37), y debo decir que mi Lectio Divina transitó por las líneas del texto a oscuras, atravesando el umbral de un irracional Paraíso, consciente de que la historiografía egipcia no menciona a ningún José dentro de su catálogo de faraones y sin poder siquiera colgarme de la creencia según la cual el relato se trata de una ficción, ese complejo convenio que permite a los lectores transitar por la vertiente de los géneros literarios. Lo que creí que Dios dirigía para mí tenía que ver con frases en las que se mencionaba la capacidad de este hijo de Jacob, vendido por sus hermanos como esclavo a los egipcios, para interpretar los sueños, un Don de Dios que lo llevó a servir al Palacio del Faraón, salvando al pueblo de la hambruna. 

Claro que los caminos de Dios son insondables, y mi vocación de pitoniso de los sueños no pasó de una colección de libretas en las que desde hace tiempo escribo mis sueños y los interpreto, al calor del primer café de la mañana. Es un texto de estructura convenida en el que escribo una minuta de lo soñado la noche anterior; junto a esta redacto otro texto acaso más breve e interpretativo y cierro mi primera escritura matutina con un texto de agradecimiento.

Ciertamente existen versículos concretos que definitivamente Dios ha inspirado para mí, pero como en toda relación de intimidad uno debe reservarse el derecho de admisión, considero políticamente incorrecto publicitar cuanto ocurre "de puertas hacia adentro", me limito entonces, responsablemente, a comentar uno de estos. Se trata de un versículo del conocido salmo 23 que cito: "Tú preparas una mesa frente a mí para mis adversarios" (Sal. 23, 5). Todavía recuerdo la forma de esta intimidad, mi perplejidad que pasaba del estremecimiento ascendiendo al estupor de contemplar semejante poder capaz de sentar a mis enemigos en mi propia mesa, ni qué decir de los propósitos de tal acto.

Todavía hoy pregunto cuando mi casa está -como canta Juan de la Cruz- sosegada: "-Creador: ¿acaso pones a prueba mi limitada capacidad de perdonar, sentando a mis adversarios en mi mesa?". La respuesta emerge de un ombligo cósmico y no es otra cosa que silencio. Yo creo tener la respuesta, mi respuesta es Él, porque a través de su Palabra puedo tenerle, y me sereno ante la idea de que mi alma va -como se camina por la vida- a oscuras y segura.


jueves, 20 de diciembre de 2018

Despensa vacía y biblioteca llena: El frankenstein navideño



I

El recuerdo más claro de mis navidades se puede simplificar en el signo de la abundancia: nevera y despensa repletas, un conjunto de platos típicos dispuestos; luces en el interior y exterior de la casa, ropa y objetos nuevos, celebraciones diarias.

Desde que mi curiosa adolescencia empezara a ser sustituida por una juventud acuciosa, disminuyó mi simpatía hacia las celebraciones, por lo que mi tiempo de Navidad significaba jornadas enteras en piyama, disfrutando el clima fresco de la época, contemplando las luces y la decoración alusiva, viendo películas y jugando video-juegos hasta altas horas de la madrugada. Luego, estos fueron sustituidos por lecturas que se organizaron con el transcurrir del tiempo en métodos más sistemáticos de revisión bibliográfica. Por aquellos días decembrinos la vida parecía perfecta entre la pantalla de la computadora, la biblioteca, la nevera y la despensa. Bastaba ir por un vaso de Coca-cola, una rebanada de pan de jamón y continuar con la faena. En la noche una porción de pernil horneado, pan de banquete y una hallaca, o simplemente una ensalada de gallina permitía una gustosa jornada nocturna de cine y lectura. Recuerdo en detalle la navidad en la que leí “Infancia de Mago”, de Hermann Hesse, comiendo la mejor ensalada navideña hasta ahora engullida, por cortesía de mi hermana Elizabeth, y así muchos libros, muchos filmes y una que otra nota.  

Progresivamente con la evolución de la web y la aparición de youtube, el asunto pasó a constituir un triángulo amoroso entre video, comida navideña y libro, disfruté el “Oliver Twist” de Dickens, indagué en la filmografía relacionada con el desdichado Oliver y amplié la pesquisa hacia lecturas comparadas, por ejemplo de Oliver con Lazarillo de Tormes, este último producto de la ingeniosa picaresca española. Las temáticas se fueron complejizando y variaron desde incursiones en el horror y la literatura fantástica hasta la novela del romanticismo. De modo que la Navidad ha sido una de mis épocas más fecundas como lector.

Sin embargo, la crisis económica venezolana ha imposibilitado mi sistema de asociación entre la práctica gastronómico-navideña y la lectura, y tal vez sea esta la Navidad más paupérrima hasta ahora vivida. Pero lo sorprendente es que la calidad y la cantidad de mi lectura no parece resultar afectada ante la carencia del pan de jamón, el panetón, el pernil horneado, la Coca-Cola y las hallacas; todo lo contrario, me las apaño con lo que haya: desde cualquier tipo de carne de segunda, algo de granos cocidos, arroz, pasta o verduras y así doblo la jornada. Y es que la lectura funciona como un lenitivo, un dispositivo que concentrando franjas extensas de nuestra atención y emoción puede arrojarnos a otro tiempo, a otras emociones, a otros mundos. Cuando cara a cara con el texto resultas fascinado, en realidad tu yo interior ya no está ahí, ha emigrado.

II

Estoy en Villa Diodati, en la mansión de Lord Byron, al norte de Europa. Es la noche del 16 de junio de 1816. Asisten Mary, Clara, Shelley y Polidori. No podemos salir de casa debido a una extraña y enigmática cortina de nubes grises que durante tres días ha teñido de sombra el ambiente, bajando notablemente la temperatura. Soy el viajero de otro mundo, el explorador que trepó del signo a la palabra, de la palabra al lenguaje, del lenguaje a la consciencia y desde ella, sin caer en cuenta, salté al vacío para abrir los ojos y ser convertirme en ficción. 
Hay una buena despensa de vinos, panes, encurtidos y quesos. Byron encabeza los banquetes y junto al fuego de la chimenea en el salón hacemos turno para recitar y cantar. 

Al rato, inmediatamente luego de un bostezo de aburrimiento, Byron nos reta a que escribamos cada uno un cuento de horror.

Ellos -a diferencia mía- están en un punto exacto del tiempo, su narración yace limitada y no son conscientes del impacto que supondrá para la historia su encuentro casual. Yo sé que esta noche, esta misma noche y en este lugar, las manos de los dos asistentes más jóvenes, inéditos, anónimos, aquellos de quienes no se esperaría nada, escribirán las dos pesadillas más inquietantes del hombre del siglo XX: Frankenstein y el vampiro. 

Ni siquiera son conscientes de la causa de la bruma en el cielo que impide que se asome la primavera: no saben que el monte Tambora, hace un año emitió toneladas de ceniza tóxica a la atmósfera y que este será el año más frío de todo el milenio, el año de 1816 no tendrá verano, sino frío, obscuridad y muerte. No advierten que en las próximas semanas las aves cesarán su trino, sus emplumados cuerpos helados rodarán, tiesos,  por el techo; los sembradíos se adormecerán, encorvando sus tallos hasta quedar yermos. Los salmones no saltarán en la cascada, sino que flotarán, a la deriva. El pillaje se abocará al asalto de carretas de trigo, se sacrificará, a causa del hambre, animales no aptos para el consumo, habrá hambruna y contrabando por el norte de Europa.

III

Pero yo no soy el único miserable allí, lo mío es apenas una condición económica que restringe la cobertura de ciertas necesidades; entre los invitados hay una chica de diecisiete años cuya mirada emana un dolor punzante. Es palida, de rizos dorados y nariz respingada; abunda en hermosura. Mary sufre la condena de amar a un poeta, recientemente vio morir a su bebé de hipotermia entre sus brazos, todo ello a causa de los excesivos derroches de su amado. La experiencia materna, para Mary, se resume a un libro escrito por su mamá que lee y relee, como si pudiera a través de la lectura asirla, traerla, y convertir párrafos en abrazos maternales. La madre de Mary –intelectual representante del anarquismo feminista– murió a los seis días de su nacimiento. Su madrastra nunca la amó y su padre la desheredó al ver que se fugaba con un poeta que además era casado.

Mary sabe perfectamente lo que significa vivir en forma de pedazos, anhelando el amor de los íntegros, los que se declaran vivos, perfectos. Para Mary la existencia es un monstruo cosido con distintos cadáveres y que a fuerza de imprimirle descargas eléctricas alcanza a vivir, anhelando el amor, la aceptación de los otros que en respuesta se horrorizan al verle, porque otra de nuestras condenas consiste en mirar las apariencias. Mary escribirá Frankenstein.

Polidori, médico de profesión, recibe constantes vejaciones de Byron, su inocente afecto hacia el poeta obnubila su juicio hasta agotarlo. Byron se aprovecha y muerde hasta dejarlo casi sin sangre. El amor de Polidori lastima porque pareciera inmenso, eterno. Polidori escribirá El vampiro.

IV

Lo que ocurre en Villa Diodati –desde mi cuarto de estudio en una casa con la despensa vacía– es inabarcable, imposible. La historia que desearía escribir sobre esta cadena de episodios inverosímiles, lamentablemente ya fue escrita de manos del colombiano William Ospina y constituye una obra tan completa que prefiero dejar ese proyecto de escritura cerrado.

Sin embargo aun queda mucho que escribir sobre la experiencia de leer y la posibilidad de compartirla digitalmente. Queda además –en el caso particular de los venezolanos residentes en el país– la calma y la inactividad propias de la carestía y escasez de servicios para que nos refugiemos en un plácido rato de lectura que nos recuerde que la vida también puede vivirse de pedazos, que habrá quien nos seduzca para luego, alzado sobre la base de nuestro más firme afecto, pretenda consumirnos, que dentro del corazón mismo de lo monstruoso habita una llama viva que nos mantiene cálidos, iluminados en su fuego, que somos simplemente humanos y que aunque la vida vaya mal, es a fin de cuentas, la vida.

A destiempo, a pedazos, escribo mi historia.


Por: Leonardo Bustamante

jueves, 18 de octubre de 2018

"Leer en voz alta", palabras en homenaje a un encuentro entre lectores



Al ingresar, debí dejar mi teléfono en la "garita", quedándome, literalmente, huérfano de comunicación; en el segundo control debí abrir el bolso (repleto de libros) para que el custodio pudiera cumplir con su tarea. Al observar que traía una decena de libros, y al oír que mi presencia se debía a motivar actividades de lectura en el recinto el respeto y la distancia tomaron forma de esa cálida amabilidad que nos caracteriza como venezolanos.



"-Queremos realizar un festival donde los estudiantes realicen lecturas"

No había terminado de oír la intención por la que el grupo de docentes del Liceo "José Antonio Abreu" me había invitado y pronto me vi conteniendo la emoción que me produce esta posibilidad elevadamente humanizadora de leer en voz alta, construyendo significados a partir de la escucha activa y del intercambio. 

Esta institución, adscrita al MPPE se dedica a prestar servicio pedagógico en el Retén de menores de la ciudad de San Cristóbal. Los jóvenes que se encuentran bajo régimen penitenciario tienen, gracias a la dedicación de esta comunidad de profesores, la posibilidad de continuar sus estudios de bachillerato. Entrar y ver los chamos es volver a los principios primigenios sobre el valor profundo de lo que significa educar. 

Tal vez la frase inmortalizada del escritor Victor Hugo resuma la tarea pedagógica de esta comunidad de docentes: "Abrid escuelas para cerrar prisiones".

Atravieso un pasillo y escucho desde un salón la práctica de los muchachos que ahora se encuentran en clase de música. Ingreso a la sala de reunión, ubico una silla que me servirá de mesa, extraigo los libros de la mochila y los desparramo con disimulo, como quien no trae cartas bajo la manga (Confieso que de tener guantes blancos me creería un genuino mago que extrae sueños, palabras que nos rehacen, al abrir un libro y oralizar su contenido). 

He traído poemarios, compilaciones de minirelatos, cuentos para niños, ensayos sobre Andrés Bello, Cajas de cedés con cuadernillos, cómics, un manual de instrucciones sobre el uso de una plancha, obras teatrales; por sobre todo me interesa la reacción inicial, el acercamiento que cada uno va haciendo, el camino que cada asistente realiza desde su silla hasta el cúmulo de textos, el modo del contacto, en fin, esa magia que irradia el lector cuando está frente al texto.

"-Me gustaría que cada uno eligiera un libro de su interés"

Y casi sin darnos cuenta ya estamos en un conversatorio sobre una actividad íntima: por qué elegí el libro, qué me sugiere el título, cuándo, dónde y con quién lo leería, a quién compartiría mi experiencia de leerlo... 

"-Yo también elegí dos libros para compartir con ustedes", digo, y hago su presentación.

"El primero es un cuento titulado "Perdí mi sonrisa", propiedad de mi hija (esto último lo digo enfáticamente, porque la promoción lectora comienza por casa). El segundo es una antología de poemas de Ramón" Palomares que tiene uno de mis poemas predilectos llamado "El patiecito":

¿Cuál de los dos les gustaría conocer?

Portada de libro
Se abre la votación, abierta, argumentada; llega un punto en el que uno inventa cualquier excusa con tal de que practiquemos el derecho humano de elegir, de optar: la lectura en grupo no puede escapar de este gesto democratizador, la lectura no puede imponerse: leer no soporta un imperativo.

El cuento de mi hija, acompañado de ilustraciones trazadas al estilo del creyón de cera y extendidos hacia todos los extremos de la página comienza a ocupar el primer lugar. ¿Se habrán dado cuenta los profesores que un adulto retorna al niño cuando entra en contacto con un libro infantil? Ni siquiera yo lo había previsto, por lo que caí en la dulce trampa de ver cuán frágil resulta la vida de una pequeña,  sensiblemente afectada porque en efecto ha perdido su sonrisa.



A partir de allí las dos horas se redujeron al instante, analizando los "diez derechos del lector" de Daniel Pennac, destacando especialmente el nono (nueve): "El derecho a leer en voz alta", y aportando ideas para la creación del próximo festival. Pero había que atender al tiempo que ya indicaba que era el momento finalizar el encuentro:


"-Nos gustaría, para terminar, que nos leyera algo del otro libro, el del poeta Palomares"

Abro el libro en el que previamente había marcado la página donde se encontraba el poema. Tomo aire, me introduzco en el personaje que hará creíble ese histórico conflicto en el que el padre se posiciona sobre el hijo que ha elegido otro camino, otra ruta; un problema que nos encara con la importancia de la formación de la autonomía en los jóvenes, y la responsabilidad de orientarles en el diseño de su proyecto de vida:


"El patiecito

Me dijo mi padre el Dr. Ángel 
—Qué haces Rómulo?

—Estoy desyerbando el patiecito
voy a sembrar

Pero…
¿Adonde está lo que te di Rómulo?
De qué estás viviendo?

—Bueno soy escribiente padre
Escribiente.

—Entonces

No fuiste lo que yo soñé

—Ay padre

lo que soñaste se lo llevaron las aguas

Ahora sólo hay malezas malezas ¿ves?

Estoy limpiando el patiecito".


Al caer la tarde, de vuelta a casa, un curioso descubrimiento me sorprende: los profesores no se han identificado tanto con el padre, sino con el hijo, como si la libertad fuera un valor superior a la justicia


Por: Leonardo Bustamante
ljbr111280@gmail.com

@lejebus


jueves, 7 de junio de 2018

Ejercicio de lectura detenida de un fragmento escrito por Daniel Pennac

El siguiente es un fragmento del libro "Como una novela", de Daniel Pennac. La invitación es a que lo leas detenidamente. Al final encontrarás un enlace de acceso a una serie de preguntas acerca del texto


-Es un «hecho social». Una acumulación de «hechos sociales» que podrían resumirse en que nuestros hijos son también hijos e hijas de su época mientras que nosotros sólo éramos hijos de nuestros padres. 
-¿...? 
-¡Claro que sí! De adolescentes, no éramos los clientes de nuestra sociedad. Comercial y culturalmente hablando, era una sociedad de adultos. Ropas comunes, platos comunes, cultura común, el hermano pequeño heredaba los trajes del mayor, comíamos el mismo menú, a las mismas horas, en la misma mesa, dábamos los mismos paseos el domingo, la tele unía a la familia en una única y misma cadena (mucho mejor, además, que todas las de hoy), y, en materia de lectura, la única preocupación de nuestros padres era colocar determinados títulos en estantes inaccesibles. 
-En cuanto a la generación anterior, la de nuestros abuelos, prohibía pura y simplemente la lectura a las chicas. 
-¡Es cierto! Sobre todo la de novelas: Da imaginación, la loca de la casa». Eso es malo para el matrimonio... 
-Mientras que hoy... los adolescentes son clientes de pleno derecho de una sociedad que los viste, los distrae, los alimenta, los cultiva; en la que florecen los macdonalds, los burgers y las 'boutiques de moda. Nosotros íbamos a guateques, ellos a discotecas, nosotros leíamos un libro, ellos se rodean de cassettes... A nosotros nos gustaba comulgar bajo los auspicios de los Beatles, ellos se encierran en el autismo del walkman... Se ve incluso esa cosa increíble de barrios enteros confiscados por adolescentes, gigantescos territorios urbanos entregados a sus vagabundeos. 

¿Leíste detenidamente el fragmento? Accede al enlace, responde y aporta tus opiniones:

https://goo.gl/forms/2nusOen49FeFBMkS2

Si te interesa saber más sobre el autor te invito a que veas la siguiente entrevista: