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martes, 15 de enero de 2019

Módulo 1: Tres teóricos del género cuento


Descarga al menos dos de los textos presentados, haz una lectura exploratoria, deteniéndote en aspectos que atraigan tu atención. Prepara un comentario acerca de tus impresiones de lectura, usando soundcloud. Puedes compartir tu audio mediante un enlace en este post. 

Una vez que tengas una idea más sólida de la estructura general de un cuento, puedes elaborar la ficha de planeación de un relato 
en: 

Horacio Quiroga: 
"Manual del perfecto cuentista" y "retórica del cuento": 
Retórica del cuento (en .pdf)

Julio Cortázar:
"Del cuento breve y sus alrededores":

Ricardo Piglia:
"Formas breves":

miércoles, 3 de octubre de 2018

¿Escribir y evaluar un cuento de horror?


Shiranui Kitanroku (s/f)
El siguiente artículo, aunque se intitula a modo de interrogante, no pretende saciar la sed de dudas sobre cuestiones tan antiguas de la humanidad, y abordadas desde diversas disciplinas del pensamiento, me refiero al género del cuento y al sentimiento psíquico del horror. Procura más bien contar una experiencia en la que bordeamos la posibilidad de valorar la calidad de un escrito de horror producido bajo el umbral del siglo XXI, como lectores críticos y escritores cooperativos que hacemos vida en una ciudad andina de un país latinoamericano.

En efecto, la aventura de haber iniciado un taller de estudio y producción de narrativas del miedo bajo la tipología ficcional del cuento ha representado un interesante y agotador reto de escritura, considerando que el tema del horror constituye un género altamente explotado por la industria cinematográfica y el mercado editorial. La lógica del mercado ha sabido recurrir a la compleja emoción del miedo, fijando simbólicas, modos, estándares; de manera que desde un punto de vista práctico, al producir un cuento de horror uno teme reincidir en temas y maneras previamente utilizadas, eso que coloquialmente llamamos "refrito". El  género del horror adolece de originalidad. 

Dichas preocupaciones manifiestas a lo largo de nuestra tarea de escribir un cuento del género obligó la incorporación de amplias miradas a partir de la teoría del horror durante el taller, comenzando por lo históricamente inmediato y cercano: el terror en las sociedades avanzadas, concretamente el modo el el cual los medios de información y televisivos generan miedo en el mundo de hoy. Desde una mirada panorámica, retrogradamos en el tiempo desde la Modernidad y en dirección al Renacimiento, la Edad Media, hasta tocar el horror cósmico, ligado a los albores del universo, tal como lo palpaba Lovecraft en sus noches tejiendo monstruos míticos, genealógicos, originarios. Ciertamente, es el Medioevo un poderoso generador de imaginarios extendidos hacia la Novela Negra o Gótica, que fueron desparramando hacia las urbes contemporáneas a vampiros, súcubos e íncubos, brujas, hechiceros, zombies y un alfabeto de demonios imaginados desde la escolástica. 

Ilustración de John Kenn Mortensen (1978)
 A través del intercambio solidario de opiniones como método de construcción de verdades, progresívamente identificamos un quiebre en las narrativas del miedo que parte en dos la historia del horror. Este quiebre se caracteriza por la persistencia de un discurso muy actual y sugerente según el cual se advierte que el horror del hombre contemporáneo yace dentro de sí mismo; dicho en un código más filosófico: el horror es una experiencia que acontece en el fondo del sí mismo bajo identidades ambiguas que procuran sobrevivir en medio de una sociedad vertiginosa, líquida; virtual, si se quiere. Pareciera que en la medida en que el mundo contemporáneo se fue haciendo más laico y escéptico, fue borrando la representación del horror como un monstruo externo, para introducirlo dentro de la existencia cotidiana de los hombres, mucho más cercano a nosotros mismos y a lo que somos. Ya no nos horroriza la personificación de satanás; por el contrario, nos atemoriza aquello que podemos resultar usted y yo bajo el signo de lo onírico, la locura, la peste, el desasosiego, la incertidumbre. El horror en la actualidad tiene como epicentro a la vida íntima y cotidiana de cada ser, y se desencadena a través del crimen, la violación, el abandono, la locura, la desesperación, la melancolía, el insomnio, el sueño, el duelo, el terrorismo, la endemia, el desastre natural, el calentamiento global, la enfermedad de transmisión sexual, el abuso de poder, los actos de pedofilia debajo de las sotanas, el totalitarismo de Estado y la homofobia.

jueves, 7 de septiembre de 2017

La retórica del cuento. (por Horacio Quiroga, 1879-1937)

EN ESTAS MISMAS columnas, solicitado cierta vez por algunos amigos de la infancia que deseaban escribir cuentos sin las dificultades inherentes por común a su composición, expuse unas cuantas reglas y trucos, que, por haberme servido satisfactoriamente en más de una ocasión, sospeché podrían prestar servicios de verdad a aquellos amigos de la niñez. Animado por el silencio —en literatura el silencio es siempre animador —en que había caído mi elemental anagnosia del oficio, completéla con una nueva serie de trucos eficaces y seguros, convencido de que uno por lo menos de los infinitos aspirantes al arte de escribir, debía de estar gestando en las sombras un cuento revelador. Ha pasado el tiempo. Ignoro todavía si mis normas literarias prestaron servicios. Una y otra serie de trucos anotados con más humor que solemnidad llevaban el título común de Manual del perfecto cuentista. Hoy se me solicita de nuevo, pero esta vez con mucha más seriedad que buen humor. Se me pide primeramente una declaración firme y explícita acerca del cuento. Y luego, una fórmula eficaz para evitar precisamente escribirlos en la forma ya desusada que con tan pobre éxito absorbió nuestras viejas horas. Como se ve, cuanto era de desenfadada y segura mi posición al divulgar los trucos del perfecto cuentista, es de inestable mi situación presente. Cuanto sabía yo del cuento era un error. Mi conocimiento indudable del oficio, mis pequeñas trampas más o menos claras, solo han servido para colocarme de pie, desnudo y aterido como una criatura, ante la gesta de una nueva retórica del cuento que nos debe amamantar. “Una nueva retórica...” No soy el primero en expresar así los flamantes cánones. No está en juego con ellos nuestra vieja estética, sino una nueva nomenclatura. Para orientarnos en su hallazgo, nada más útil que recordar lo que la literatura de ayer, la de hace diez siglos y la de los primeros balbuceos de la civilización, han entendido por cuento.

El cuento literario, nos dice aquélla, consta de los mismos elementos sucintos que el cuento oral, y es como éste el relato de una historia bastante interesante y suficientemente breve para que absorba toda nuestra atención. Pero no es indispensable, adviértenos la retórica, que el tema a contra constituya una historia con principio, medio y fin. Una escena trunca, un incidente, una simple situación sentimental, moral o espiritual, poseen elementos de sobra para realizar con ellos un cuento.

Tal vez en ciertas épocas la historia total —lo que podríamos llamar argumento— fue inherente al cuento mismo. “¡Pobre argumento! —decíase—. ¡Pobre cuento!” Más tarde, con la historia breve, enérgica y aguda de un simple estado de ánimo, los grandes maestros del género han creado relatos
inmortales. En la extensión sin límites del tema y del procedimiento en el cuento, dos calidades se han exigido siempre: en el autor, el poder de transmitir vivamente y sin demoras sus impresiones; y en la obra, la soltura, la energía y la brevedad del relato, que la definen. Tan específicas son estas cualidades, que desde las remotas edades del hombre, y a través de las más hondas convulsiones literarias, el concepto del cuento no ha variado. Cuando el de los otros géneros sufría según las modas
del momento, el cuento permaneció firme en su esencia integral. Y mientras la lengua humana sea nuestro preferido vehículo de expresión, el hombre contará siempre, por ser el cuento la forma natural, normal e irreemplazable de contar.

Extendido hasta la novela, el relato puede sufrir en su estructura. Constreñido en su enérgica brevedad, el cuento es y no puede ser otra cosa que lo que todos, cultos e ignorantes, entendemos por tal. Los cuentos chinos y persas, los grecolatinos, los árabes de las “Mil y una noches”, los del Renacimiento italiano, los de Perrault, de Hoffmann, de Poe, de Merimée de Bret—Harte, de Verga, de Chejov, de Maupassant, de Kipling, todos ellos son una sola y misma cosa en su realización. Pueden diferenciarse unos de otros como el sol y la luna. Pero el concepto, el coraje para contar, la intensidad, la brevedad, son los mismos en todos los cuentistas de todas las edades.

Todos ellos poseen en grado máximo la característica de entrar vivamente en materia. Nada más imposible que aplicarles las palabras: “Al grano, al grano...” con que se hostiga a un mal contador verbal. El cuentista que “no dice algo”, que nos hace perder el tiempo, que lo pierde él mismo en divagaciones superfluas, puede verse a uno y otro lado buscando otra vocación. Ese hombre no ha nacido cuentista. Pero ¿si esas divagaciones, digresiones y ornatos sutiles, poseen en sí mismos elementos de gran belleza? ¿Si ellos solos, mucho más que el cuento sofocado, realizan una excelsa obra de arte? Enhorabuena, responde la retórica. Pero no constituyen un cuento. Esas divagaciones admirables pueden lucir en un artículo, en una fantasía, en un cuadro, en un ensayo, y con seguridad en una novela. En el cuento no tienen cabida, ni mucho menos pueden constituirlo por sí solas. Mientras no se crée una nueva retórica, concluye la vieja dama, con nuevas formas de la poesía épica, el cuento es y será lo que todos, grandes y chicos, jóvenes y viejos, muertos y vivos, hemos comprendido por tal. Puede el futuro nuevo género ser superior, por sus caracteres y sus cultores, al viejo y sólido afán de contar que acucia al ser humano. Pero busquémosle otro nombre.

Tal es la cuestión. Queda así evacuada, por boca de la tradición retórica, la consulta que se me ha hecho. En cuanto a mí, a mi desventajosa manía de entender el relato, creo sinceramente que es tarde ya para perderla. Pero haré cuanto esté en mí para no hacerlo peor.

Idilio y otros cuentos. Montevideo: Claudio García (Biblioteca “Rodó”, 13),
1945