jueves, 25 de julio de 2019

NARRATIVAS DEL CRIMEN: Taller de estudio y producción de textos policiacos



A quien va dirigido
Adolescentes a partir de 16 años y adultos

Cómo inscribirte  

    Puedes realizar el registro a través de: https://forms.gle/mTExzWgHwnnuXXCb9. Recibirás información sobre el aporte monetario y la certificación. Cubierta la cantidad de 15 participantes inscritos, los restantes estarán en lista de espera y serán convocados según orden de inscripción en caso de que los primeros inscritos se retire(n).


  
Objetivo general
Promover la lectura del género policiaco y la escritura de textos afines al género

Objetivos específicos
-         -Conocer las diversas manifestaciones del género policiaco y de intriga
-         -Identificar elementos estructurales de la intriga, el enigma, suspenso, y horror dentro de la narrativa de crimen
-         -Diseñar un proyecto de planeación, textualización, edición y publicación (opcional) de un relato policiaco, negro o de intriga

Metodología
  A través de procesos de lectura cooperativa (también denominada solidaria) desarrollaremos realizaremos un acercamiento teórico y literario sobre el género policial y algunas de sus variantes, conforme sean identificados elementos de la estructura narrativa del género los participantes producirán un cuento


***

REFERENCIAS SUGERIDAS

TEXTOS NARRATIVOS DEL GÉNERO POLICIACO O NEGRO
Díaz E., Ramón: “La oscura memoria de las armas”
Doyle, Conan: “Estudio en escarlata”
J.K. Chesterton: “La incredulidad del Padre Brown”
Poe, Edgar A.: “Los crímenes de la calle Morgue”

CÓMICS
Guarnido y Díaz Canales: “Blacksad” (Novela gráfica), I, II y III

CINE
Coen Brothers: “Fargo”
__________: “Not Country for Old men”
Frank Miller: “Sin City”
Billy Wilder: “Sunset Boulevard”
__________: “Doble idenmnity)



TEORÍA
Araujo, Orlando: “Venezuela violenta”
Bravo, Víctor: (“Relato policiaco posmoderno”). En “El señor de los tristes y otros ensayos”
Corbatta, Jorgelina. “Narrativas de la guerra sucia en Argentina: Piglia, Saer, Valenzuela, Puig”
De Quincey, Thomas: “sobre el asesinato considerado como una de las bellas artes”
Piglia, Ricardo: “Lo policiaco” (En “Crítica y ficción”)
Quiroga, Horacio: “Decálogo del perfecto cuentista”
Volpi, Jorge: “Mentiras contagiosas”



Leonardo J. Bustamante
C.I. V-15027705

viernes, 7 de junio de 2019

EL RARO SILENCIO BAJO EL GRITO


I
Era mi costumbre contemplar el ritual con el cual Keko tumbaba las persianas metálicas de la cantina del Liceo, mientras sorbía el “cunche” de café negro que me había guardado del termo. Al salir de la cantina me entregó una carpeta con las tareas de uno de mis alumnos. Ese día mi esposa tenía guardia en el hospital y mi hija pasaría la noche con sus abuelos maternos, así que no tendría tanto sentido llegar temprano a la casa inhabitada, esto lo entienden los que no tienen más de cinco años de casados, para los que el amor no ha tomado la forma de la rutina y abren los brazos a la casa vacía como una forma de paraíso. Mi caso era el contrario; o sea, un vacío de las dos flores del jardín de un romántico y sensible todavía recién casado.
Al abrirla y ver los dibujos de Ender N. recordé los trazos de una experiencia adolescente amarga que creía olvidada. En el Liceo más grande de la ciudad donde impartía clases de literatura, escuchaba apenas el rumor provocado por las hojas de los apamates del parque que me traían otra vez el olor vegetal que por años rehuí.
Había una nota en el interior del ala izquierda que decía: “Profesor, los tres dibujos son los que incorporamos al ensayo a propósito de la poética del rock en las canciones de Marilyn Manson”.
Recordé la visita de la mañana de los padres de Ender, preocupados porque el muchacho desde que comenzó a escuchar “a ese asqueroso rockero” pasaba más tiempo encerrado en su cuarto y ahora parecía atender menos las canciones clásicas que eran parte de su formación musical como violinista de la Orquesta sinfónica juvenil. Por una extraña razón el padre me parecía conocido a partir de un raro silencio bajo el tono de su voz, similar al de quien oculta algo, pero el motivo serio de la reunión elidía cualquier expresión mía de familiaridad, a cambio, debía mantenerme objetivo y pedagógico:

“–el muchacho está investigando un tema de su interés, él mismo lo eligió y yo funciono como adulto que acompaña el proceso… No se preocupen por su comportamiento que puede ser normal en la adolescencia”.

Cuando Ender se incorporó a la reunión para manifestar su punto de vista, esta tomó un giro inesperado. Fue tan cabal, directo, lacónico e incuestionable su participación que la transcribo literalmente:

“ –profesor, lo voy a decir con todo respeto: ellos se preocupan exageradamente por mí para evadir los problemas que tienen en relación con su proceso de divorcio, sobre todo mi papá que ya tuvo un divorcio”.

Disfruté con total disimulo el desencajamiento en las caras de los “cónyuges” al oír la frase, entre otras cosas porque siempre he gozado los estados de rebelde lucidez con el que usualmente brillan los jóvenes, así que rematé la reunión garantizando mi atención al muchacho.

Pero volviendo a los dibujos, en general se enmarcaban dentro de la estética del trash, con trazos deliberados, transgresivos, de manos humanas abiertas, heridas en sus palmas y desproporcionadas en relación a cuerpos que sostenían enormes cabezas de conejos con miradas profundas. Lo más parecido de este ahora musical de los adolescentes actuales con mi pasada adolescencia es la canción “Heart-Shaped Box”, de Nirvana, pionera en el desarrollo de esta estética y que Manson “involucionaría” con sonidos recuperados del metal industrial, echando por tierra la posibilidad del grunge que dio forma a una década muy fecunda para el rock alternativo.
Un cuervo sobre la copa del árbol más alto del parque gritó para atenuar el último rayo vespertino, mientras las campanas de la Iglesia San José anunciaban la Misa de seis de la tarde, y yo me detuve a contemplar en concreto la presencia de solo tres dedos en cada mano que se ofrecían como una caricatura grotesca, recordando aquella edad mía, mía pese al negro plumaje del recuerdo aciago.

II
Esa mañana me aseguré de guardar las llaves, dejando el llavero del Mundial Italia 90’ sobre el bolsillo de mi pantalón, era una figurita humana de cubos rojos y verdes con una cabeza de pelota de fútbol que seguía siendo la envidia de mis compañeros de clase del Liceo. La chaqueta “University” y la guitarra venían, porque hacía frío y era el día de práctica musical con la estudiantina.
Desde la ventana del salón se podía observar a lo lejos la edificación como un lóbrego rectángulo de bloques interrumpidos por dos torres neogóticas que comprendía el colegio de femeninas, entre una niebla que advertía la llegada de la época decembrina. La nueva chica, desmoralizada por su expulsión del Colegio de monjas nos pareció extraña por el largo de su falda que llegaba a rozarle los tobillos.
Julieta no extrañaría más la novena al Niño que acompañaba las Vísperas, ni el rosario de los viernes, tampoco yo extrañaría al niño que se despediría para siempre para recibir a un hombre descubierto bajo una falda larga de colegiala interna, y los cuatro días de fugas de clase para ir a fumar y rosar la lengua húmeda bajo la necedad amarga de la nicotina.
Enloquecí cuando a la cuarta mañana apareció con la falda recortada y desafiante, dos dedos más arriba de los muslos que la de Karly Figuera, pero el instante de enigma fue interrumpido por el grito del Director Jaime Edecio que nos anunciaba una expulsión de tres días que extrañamente no me preocupó, porque nos arrojó a Julieta y a mí a tardes enteras juntos.

Los padres de Julieta parecían bastante entretenidos en los líos de su divorcio y yo fui el primer amigo que ella llevó a su casa. Se trataba de un casona vetusta de portón desvencijado ubicada al fondo de la Zona Industrial, tenía en el estacionamiento tres vehículos antiguos que el papá planeaba restaurar para fines de colección, tarea que había postergado por años, según me decía la excolegiala, mientras me mostraba unos dibujos que bajo la inocente apariencia, escondían una tendencia obscura que vine a entender al final de los acontecimientos que motivan la producción de este relato.
La casa parecía rendida ante la invasión vegetal, el área verde que la rodeaba y que alguna vez pudo haber sido un jardín, estaba lleno de abrojos que invadían el metal, vidrio y concreto de la vivienda. Yo prefiero no revelar el nombre del padre, sobre todo porque fue esta mañana, después de dieciséis años, que vine a comprender como puede incubarse lo demoniaco bajo la forma del abuso. Eso sí, algo que nunca me he podido quitar de debajo de los tabiques nasales es el olor del musgo creciendo sobre las ruedas sin aire del Mercedes Benz 1937 Edición especial, un olor que permanece dentro de las paredes de mi nariz, obsceno, con un salvajismo vegetal que se confundió con la humedad de Julieta cuando exploramos, sobre un asiento de carro milagrosamente conservado, aprovechando la siesta etílica del padre.
Era mi primera vez y nunca pensé que no lo fuera para una ex-novicia arrojada del “paraíso”. Nadie se pregunta lo que siente un hombre la primera vez que hace el amor, en general el mundo gira de espalda a las emociones que los atraviesa, y es una pregunta prohibida: estamos condenados a carecer de sentimientos, por el honor de una “masculinidad” convenida.
Por fortuna ya estábamos fuera del cacharro cuando oímos unas palabras venidas del fondo de la casa. Eran del padre de Julieta y tenían un raro silencio bajo el grito, como del que oculta algo.
Primero fueron los dibujos, papelitos mínimos dentro de mi bolso del Liceo, luego entre mis bolsillos, como apariciones sorpresivas y desconcertantes que me estremecieron de miedo cuando la tradicional mañana de limpieza sabatina hallé bajo el armazón de mi cama, entre mi gaveta de noche y estratégicamente entre mi cuaderno de poesía. Esa noche no me senté en el borde de la ventana a practicar el riff de la guitarra de Kurt, sino que cerré la persiana, asegurándome de que me negaran ante cualquier llamada.
A la mañana siguiente mi madre me despertó con el santiamén de que cómo era posible que me llamaran a medianoche, que quién era la tal Julieta y cuál sería esa “urgencia” por la que debía devolverle la llamada. Expliqué, acudiendo a la máxima de economía del lenguaje, que se trataba de alguien que me había prestado el cuaderno de química, materia pendiente para la que estaba preparando el siguiente examen.
Mientras desayunábamos, observé el espacio que dejaba el hilo desprendido del mantel sobre la mesa y bajo el vidrio, para quedarme sin aliento al encontrar otro de sus bocetos diminutos, junto a una foto de mi hermana mayor y mis dos sobrinos, conteniendo el aliento, con el corazón a punto de estallarme debajo del pecho.
El lunes, a las siete de la mañana, como era costumbre, me sorprendió que la bandera en el patio central del Liceo se izara a media asta, la somnolencia me impedía hacer contacto visual con mis compañeros que –entre un extraño silencio– esta vez no se apretujaban inquietos en la larga columna de la sección; pero el bostezo se transformó en mueca de horror cuando oí del director Edecio: “hacemos un minuto de silencio por la trágica muerte de Julieta, estudiante de 4to “D”, hecho que es motivo de consternación para su familia y para la comunidad del Liceo J.A… En tan poco tiempo que estuvo entre nosotros, Julieta  rápidamente se hizo parte de nuestra familia Liceísta…”.

Su pupitre vacío no escapó a mi contemplación, mientras no sabía qué hacer con sus dibujos que finalmente fueron a dar a la papelera del baño de varones, rotos en mínimos pedazos, tirados con sacudidas de quien toca un animal de cuerpo viscoso, para asirme durante los próximos meses a mi guitarra, encerrado durante largas tardes en mi habitación, concentrado en no hacerme nunca aquellas preguntas, leyendo literatura para evadir, trepando por otras historias que aunque ficcionales, parecían reales, como la vida.
Desde el baño escuché los comentarios venidos del pasillo que narraban un cuerpo hinchado que en el patio de la casa y que el borracho padre descubrió, entre los matorrales, colgado bajo el brazo de un árbol enfermo.

III
Pasaron casi seis años para que volviera a acercarme a una chica, esta vez en el coro de la universidad donde cursé la carrera de licenciatura en educación, y en una casona que junto a unos compañeros de clase decidimos alquilar más por ocio que por otra cosa, cercana al campus. Allí, Vanessa, ante mi mar de dudas, me preguntó si podía ayudarme a “acabar”, a lo que expresé un cómplice no mientras me vestía, esquivando el olor a hongo que retornaba imponente, haciéndome creer que el embrujo y la maldición son pertenecen al corazón de la tierra.

IV
El timbre de mi celular interrumpió la contemplación del tercer dibujo que terminaba con la firma de Ender N. Orejuela. Allí, entre la dulce voz de mi esposa preguntándome cómo estaba y poniéndome al día respecto al ritmo de su guardia en la emergencia del Hospital Central, caía en la cuenta de la coincidencia del apellido de mi alumno.

Otra vez Julieta Orejuela aparece clara desde el fondo de mi olvido para estremecerme… Y lo juro, todavía me pregunto si alguna vez en toda la vida ella pisó mi casa materna, pero estoy seguro de una respuesta y esta es no.


Se terminó de escribir en San Cristóbal, el 07 de Junio del 2019
Leonardo Bustamante

jueves, 25 de abril de 2019

CON OJOS DE GATO NEGRO: educar con la narrativa del horror




I


Ese lunes iniciaba la época de lluvias, el cielo estaba particularmente gris, las gotas resbalaban por las ventanas del salón de clase y hacía frío. Verbalizar a la audiencia la primera frase del cuento bastó para introducirme en el personaje. Se trataba de una edición en formato tabloide, papel glasé, ilustrada que contenía "El gato negro". Había un sabor extraño, una noción de idea prohibida –como como quien corre directo hacia el infierno– en esta locura de empezar el lunes de la semana dedicada al libro leyendo a un maldito.

Al terminar de leerlo se hizo silencio. Yo admiro ese particular silencio que nos deja una lectura una vez que nos complace o nos confronta. Un estudiante levantó la mano para manifestar que nunca había leído un cuento de horror. Otro intervino para hacer afirmaciones en torno al relato.

Pero la pregunta de uno determinó el curso de la clase:
¿Por qué leemos a un asesino que mata a sus mascotas y a su esposa? ¿Está eso bien?

Yo había tenido la precaución de leer la biografía del autor en la que se señalaba: "pertenece al romanticismo".



II



Desde la Edad Media hasta el Renacimiento, la humanidad no pudo mirar más allá de la interpretación católica de la vida y del mundo, estamos hablando de poco más de 500 años en que se mantuvo un veto a la racionalidad. Dicho con palabras de uno de mis alumnos: la única luz era la de los vitrales de las iglesias.

Pero el romanticismo rompió esas ventanas y la gente comenzó a escapar de los fríos muros del pensamiento escolástico para ir directo al bosque a plena luz del día. Lo importante del romanticismo es el giro drástico, la revolución implicada: dejar de mirar a Dios para mirar al hombre.

La proliferación de los discursos liberó siglos de represión sostenida, el hombre comenzó a verse claramente y esto derivó en una mirada más auténtica sobre la naturaleza interior del hombre.

¿Será por eso que la esposa del protagonista -con la cabeza del gato-. emerge del fondo de los muros, irradiando un horrendo brillo desde el ojo felino? Preguntó un estudiante, uno que no había hablado.



Librándome del error de imponer solo una interpretación sobre el texto analizado, seguro de que la mayoría de las preguntas son respuestas -hecho por el cual evito como profesor hacerlas-, y contra la pésima costumbre del sistema educativo de tener una explicación lista todo, guardé silencio.



III



El horror es un pedagogo de la sociedad, un fenómeno que organiza y transmite de sabiduría. Así lo vivió Occidente en concreto a partir del pensamiento helénico. El hombre griego asistía al teatro a horrorizarse con la trama, comprendiendo el peligro que aguarda el irrespeto al designio de los dioses. A partir de esta idea es que el horror empieza a conformar los límites de lo prohibido.



El horror, entendido como límite de lo prohibido es de suma importancia en la construcción de ciudadaníaS (enfatizo el plural, porque apelo a la pluralidad como un principio insoslayable de una sociedad que participa de multiplicidad de puntos de vista).



Con el tiempo, el desarrollo del pensamiento a partir del psicoanálisis le dio, a través de Freud, una condición atrevida e importante al proponer que "El horror se manifiesta en lo familiar" (heimlich/unheimlich).



Lastimosamente, los medios de comunicación son actualmente los principales proveedores de narrativas que no se prescriben a la ética, sino a los intereses de un pequeño grupo encargado de construir verdades que favorecen el sostenimiento de su status quo. En nuestra época el miedo se reduce a ser víctima de una pandemia, objeto de un ataque terrorista y al abuso de sacerdotes pedófilos, lo que está de fondo es un catálogo de intereses que van desde las trasnacionales de la farmacéutica, pasando por la concepción -caduca a mi juicio- de la idea de un Estado poderoso destinado a brindarnos protección (ese Leviathán sobre el que escribió Hobbes), hasta una campaña contra la Iglesia católica para el favorecimiento de un sector empresarial sumamente poderoso que se aglutina bajo el evangelio como un elemento cohesor, lo que asegura su lugar dentro del privilegio y el poder.



IV



Pienso en un currículo de enseñanza de la literatura para jóvenes que restituya la importancia ética que tiene el horror a través de sus diversas expresiones estéticas. He visto el gusto compartido en aula mediante la lectura de "Carta al padre" de Franz Kafka, porque en el seno familiar la sombra autoritaria del padre sigue arreciando a través de la aparente sutileza.



Pienso en textos de Charles Bukowski, ese maldito de la literatura cercano a nuestra época que criticó al sistema y que trazó líneas llenas de ternura en medio de la locura y la transgresión



Pienso en E.T.A. Hoffman con su "Hombre de arena", en la maldad del Dr. Frankenstein y en la ternura de su monstruo, pienso en los versos proscritos de José Antonio Ramos Sucre, en la importancia de leer la locura, el crimen y la muerte, para aceptar que lo humano sigue aun en proceso de humanizarse.



Pienso que gracias a los horrores es que valoramos la paz y la vida, y que esta razón basta para que nos acerquemos, con la debida responsabilidad, al horror.




Leonardo Bustamante
ljbr111280@gmail.com

lunes, 15 de abril de 2019

Dios entre líneas

Escribo estas notas un día lunes de Semana Santa, a intervalos entre rememoraciones de las que extraigo mi propia experiencia de juventud sedienta recorriendo monasterios y casas de oración, con una Biblia que tiene una cubierta de cuero con cierre, hecho que la protegió de las inclemencias de mi adolescencia transhumante. Ha sido difícil para mí -al igual que para muchos- hallar un lugar en el mundo, pero en mi caso particular este conflicto acabó por convencerme de que mi existencia, si es en verdad inagotable, no pertenece a este mundo, ya que la lógica de la vida está signada por lo imperdurable: cuanto vive sobre la tierra, aún cuando tenga un lugar, está convocado a desaparecer. Por otro lado siempre he mantenido la confianza de que acaso en el cielo de Swedenborg que conocí a través de los laberintos borgianos, sí pueda haber un lugar con mi nombre, razón por la cual me hago bajo la luz de la racionalidad. La vida puede ser un péndulo que gravita entre la razón y la intuición.  
Debo reconocer que existe un tipo de lectura que no se apega a los procesos cognitivos inherentes al acto de leer, sino que sigue otro curso, porque no se efectúa a través de la vertiente de la racionalidad, una lectura que sosiega la mente y relaja el cuerpo, suscitando un silencio comparable a la experiencia de la nada. Esta lectura tiene el poder de trasladarte al Paraíso de los místicos Medioevales. San Juan de La Cruz describía el Reino como una infinita planicie oscura, en su poema teológico canta:

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dibujo / "Subida a Monte Carmelo",
otro poema de Juan de la Cruz

"Oh! noche oscura
con ansias 
en amores inflamada
oh! dichosa ventura
salí sin ser notada
estando ya mi casa sosegada"






El signo que caracteriza definitivamente a esta lectura es el de la oscuridad, precisamente porque en su realización anula la luminosidad de la razón y se trata de un tipo de lectura antiquísima que tiene el propósito de conectar al alma con el Creador. Pese a su antigüedad y su extendida presencia en millones de lectores cristianos, ha sido desconsiderada por la racionalidad de Occidente. 

Durante la Edad Media, época en la que prevalecía el pensamiento escolástico, el cual determinaba la estructura de los textos a modo de argumento y refutación, se mantuvo una manera de encontrar a Dios entre líneas a través de la "Lectio Divina". De hecho, hasta el día de hoy su particularidad es tan manifiesta que los conversos, toda vez que tienen el libro sagrado -la Biblia, compilación de 66 libros que organiza temporalmente la historia de la salvación en dos colecciones: veterotestamentarios (del Génesis hasta los Salmos, dependiendo de criterios editoriales) y neotestamentarios (del Evangelio de Lucas, hasta el Apocalipsis)-, practican un modo de lectura que revela a Dios entre las líneas. Básicamente se resume en los siguientes pasos: 

(1) Busque un lugar tranquilo, "cierre la puerta"
(2) Dispóngase a tener un encuentro con Dios
(3) Pida al Creador que se revele a través de la lectura
(4) Lea despacio, identificando versículos que puedan estar dirigidos para usted
(6) Recítelos, permitiendo que la Palabra llegue a su corazón
(7) En un momento de silencio, medite qué le pide Dios
(8) Haga una acción de gracias por los dones recibidos

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José, interpretando los sueños
del panadero y el copero del faraón
Creo haber encontrado a Dios entre algunas de las lineas del texto que sostiene la historia de José, el hijo de Jacob (Gen, 37), y debo decir que mi Lectio Divina transitó por las líneas del texto a oscuras, atravesando el umbral de un irracional Paraíso, consciente de que la historiografía egipcia no menciona a ningún José dentro de su catálogo de faraones y sin poder siquiera colgarme de la creencia según la cual el relato se trata de una ficción, ese complejo convenio que permite a los lectores transitar por la vertiente de los géneros literarios. Lo que creí que Dios dirigía para mí tenía que ver con frases en las que se mencionaba la capacidad de este hijo de Jacob, vendido por sus hermanos como esclavo a los egipcios, para interpretar los sueños, un Don de Dios que lo llevó a servir al Palacio del Faraón, salvando al pueblo de la hambruna. 

Claro que los caminos de Dios son insondables, y mi vocación de pitoniso de los sueños no pasó de una colección de libretas en las que desde hace tiempo escribo mis sueños y los interpreto, al calor del primer café de la mañana. Es un texto de estructura convenida en el que escribo una minuta de lo soñado la noche anterior; junto a esta redacto otro texto acaso más breve e interpretativo y cierro mi primera escritura matutina con un texto de agradecimiento.

Ciertamente existen versículos concretos que definitivamente Dios ha inspirado para mí, pero como en toda relación de intimidad uno debe reservarse el derecho de admisión, considero políticamente incorrecto publicitar cuanto ocurre "de puertas hacia adentro", me limito entonces, responsablemente, a comentar uno de estos. Se trata de un versículo del conocido salmo 23 que cito: "Tú preparas una mesa frente a mí para mis adversarios" (Sal. 23, 5). Todavía recuerdo la forma de esta intimidad, mi perplejidad que pasaba del estremecimiento ascendiendo al estupor de contemplar semejante poder capaz de sentar a mis enemigos en mi propia mesa, ni qué decir de los propósitos de tal acto.

Todavía hoy pregunto cuando mi casa está -como canta Juan de la Cruz- sosegada: "-Creador: ¿acaso pones a prueba mi limitada capacidad de perdonar, sentando a mis adversarios en mi mesa?". La respuesta emerge de un ombligo cósmico y no es otra cosa que silencio. Yo creo tener la respuesta, mi respuesta es Él, porque a través de su Palabra puedo tenerle, y me sereno ante la idea de que mi alma va -como se camina por la vida- a oscuras y segura.


jueves, 4 de abril de 2019

"Aquellos tiempos": Taller de lectura y escritura creativa


San Cristóbal, 04 de abril de 2019

“Aquellos tiempos”: Taller de lectura y escritura creativa


¡El adulto mayor existe! pero no solo eso: está lleno de sabiduría experiencial, la cual es indiscutiblemente invaluable. Hay en el mundo pocos espacios que les garanticen el disfrute pleno de sus facultades, el derecho al intercambio ameno, al goce, a la expresión de sus opiniones. Este taller tiene la intención de abrir un espacio concreto para la participación del adulto mayor a través de la lectura y la escritura como medios altamente democratizadores.

¡Bienvenidos sean!


A quien va dirigido
Miembros de la Fundación Alzheimer
Adultos mayores de 60 años

Objetivo general
Promover la lectura solidaria y la escritura creativa de textos del género diario, memoria, testimonio y carta
Objetivos específicos
-         Practicar la lectura compartida de textos diarios, memorias, cartas y demás narraciones de tipo intimista
-         Planear y redactar textos ficcionales del género íntimo
-         Compartir experiencias derivadas del proceso de lectura y escritura

Modalidad
            Presencial, abierto y permanente: un encuentro cada semana
Metodología
            A través de procesos de lectura solidaria de textos de la narrativa íntima (diario, memoria, testimonio, cartas) se construirán los significantes necesarios para redactar un relato ficcional, resaltando la sabiduría y experiencia del adulto mayor y el poder que tiene la memoria en el devenir y porvenir humano.



Bibliografía propuesta

Asimov, Isaac: “La ira de la tierra”
Fombona, Rufino: “Diarios”
Kafka, Frank: “Carta al padre”
Liendo, Eduardo: "Si yo fuera Pedro Infante"
Pocaterra, Rafael: “Memorias de un venezolano de la decadencia”
Sábato, Ernesto: “Antes del fin”
Suniaga, Francisco: “Margarita Infanta”



Tallerista: Leonardo J. Bustamante
C.I. V-15027705
Página de facebook: @LeonardoJsBustamante