Por: Leonardo Bustamante
ljbr111280@gmail.com
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| "Line of thought" / by: Picolo-Kun |
«La literatura es una fiesta
y un laboratorio de lo posible»
(Ernst Bloch)
Una convicción heredada de los formalistas
según la cual el arte consiste en desautomatizar el signo, produciendo un
extrañamiento (ostranenie) en el lector (Shklovsky, 1917), una lectura en clave
de refutación de “El malestar en la cultura” (Freud, 1937), otra lectura –más amigable–
a un libro de Jorge Volpi ("Leer la mente", 2011) y una entrevista a
la escritora venezolana Wafi Salih (Venezuela) amalgamaron la idea de que
escribir ficción requiere habilidades de planeación y corrección y no solo de
la inspiración, ese instante iluminador que conlleva a un frenesí escritural
con el cual se materializará, por obra y gracias de la magia la obra.
Si lo anterior es cierto o acaso posible, se
puede pensar que producir un texto ficcional requiere del autor la operacionalización
de un sistema de planeación, escritura, corrección y edición de su obra. En consecuencia,
el autor literario sería ante todo un escritor experto que maneja los límites
frente al papel, un laboratorista que controla variables durante la composición
del texto. Su obra derivaría como producto del método y la técnica y no solo de
la inspiración.
No obstante, el problema está en el territorio
de las tradiciones. La herencia clásica que concibe al escritor como un
transmisor del mensaje divino, la romántica que le otorga dotes particulares de
iluminado, la simbolista que fractura la consciencia, abriendo paso a lo
onírico y lo irreal para distorsionar el signo (surrealista) y el esnobismo
estereotipado del escritor como un personaje desajustado con la vida –el cine
ha sido el principal masificador de este estereotipo–, han levantado un muro
que aísla en las sociedades contemporáneas y alfabetizadas el derecho de los
ciudadanos a crear, convencidos de la valía de su obra.
Pero no solo Hollywood, cuya película más
ilustrativa del problema es “Barton Fink” (Coen & Coen, 1991), también el
psicoanálisis ha hecho lo suyo al patologizar todo acto creador y calificar al
arte de “lenitivo” (Freud, 1937, pág. 14). Empero el poder de la ficción no es
solo un anestésico sino una forma de manifestación de verdad (Piglia, 1986,
pág. 7). Como portadora de luz y conocimiento, la ficción crea
intersubjetividades, abre puertas al auto-conocimiento, revela mundos a partir
de complejos sistemas paradojales, alfabetiza y construye ciudadanías
elevadamente humanas; es decir, sensibles.
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"Barton Fink" Imagen tomada de la red social
Pinterest / usuario: sjmaitland |
Por esto la mediación en un taller de
producción de ficciones requiere como primera acción ética del promotor el
desmontaje de mitologías y estereotipos que amenazan la autoestima de las
personas que se acercan a los talleres, deseosas de satisfacer sus necesidades
de crear mundos mediante la palabra, creyendo en el valor de lo que producen. Hay
que sanear el arte de las concepciones patológicas que signan el proceso
creador y eso se logra democratizando la ficción, debilitando los muros
construidos en torno al canon literario, ese modelo segregacionista venido del
S.XIX (Shaeffer, 2013, pág. 15).
La literatura se ha diseminado progresivamente
a través de múltiples signos, para Jean Marie Shaeffer el siglo veinte no es de
la literatura, sino de la literaturización de las sociedades a través del cine
y la música. Conviene decir además que somos sociedades altamente
alfabetizadas; en consecuencia, la literatura ya no es un atributo de los
tocados por la musa.
Es así como las sospechas y refutaciones consolidaron
nuevas aseveraciones al revisar la experiencia de tres talleres efectuados
recientemente: uno dedicado al cuento fantástico (mayo, 2018), minificción
(Julio, 2018) y cuento de horror (octubre, 2018). Estas tres manifestaciones
del género cuento, estudiadas y practicadas por grupos de aficionados a la
escritura permitieron descubrir que como hecho escritural el género se contiene
en tipologías textuales concretas, la ficción, aunque poder ilimitado que pulsa
para fracturar el signo, está limitada por el lenguaje (Piglia, 1986, pág. 37).
Como consecuencia de lo anterior, los
encuentros semanales del taller tomaron forma de laboratorio de disección de
organismos estructurados del lenguaje, el instrumental quirúrgico lo ofrecía la
teoría literaria, en este caso la del cuento. Identificadas las propiedades
constitutivas de cada texto el proyecto de escritura de cada participante no
solo dependía de la escritura movilizada por la inspiración, sino de la
planeación a partir de estructuras identificadas en anteriores encuentros. A
partir de ahí el taller comienza a centrar la atención en la lectura oralizada
de los proyectos de composición y el intercambio de opiniones de los
participantes.
Para organizar esa etapa tan importante del
proceso de escritura llamada “edición”, los autores participantes, haciendo uso
de los aportes leídos en los textos teóricos, proponen indicadores de
valoración que se incorporan a una rúbrica de evaluación cooperativa. Este
instrumento elaborado por los participantes orienta la discusión crítica y la
forma de valoración de cada obra en proyecto, permitiendo que el escritor
resuelva problemas de la escritura relacionados con el destinatario y la
cuestión retórica (cómo decir lo que se escribe). Sobre experiencia de
construcción de una rúbrica para evaluar un minicuento puede acceder a: https://comounapalabra.blogspot.com/2018/10/rubrica-para-evaluar-un-minicuento.html.
Es curioso que dos teóricos de la escritura
provenientes de áreas tan aparentemente incompatibles como Liliana Tolchinsky
(investigadora de los procesos de escritura académica) y Ricardo Piglia
(escritor literario y ensayista) coincidan casi totalmente respecto a sus
definiciones de la escritura. Piglia manifiesta: “Escribir es sobre todo
corregir, no creo que se pueda separar una cosa de otra. De todos modos cuando
el texto está terminado hay un trabajo de corrección que es bastante singular”
(Piglia, 1986, pág. 36). Para Tolchinsky, los escritores expertos “dedican más
tiempo a la planificación y a la revisión” (2014, pág. 20). Esta coincidencia permite
que se incorporen aportaciones científicas de la escritura a la producción
ficcional, considerando que la literatura, en tanto que indiscutible
manifestación artística, comprende una mecánica, un entramado técnico que
obliga el uso de habilidades de parte de quien la produce. El acto creador no
está entre el cielo y la tierra, sino que transita por zonas neurológicas, lo
que supone el uso de operaciones de tipo cognitivo. El escritor e investigador de
los procesos de escritura Jorge Volpi (México) ha estrechado las fronteras
entre la concepción del acto creador de la ficción en la perspectiva de la ciencia:
"La ficción ha existido
desde el mismo instante en que pisó la Tierra el Homo sapiens. Porque los
mecanismos cerebrales por medio de los cuales nos acercamos a la realidad son
básicamente idénticos a los que empleamos a la hora de crear o apreciar una
ficción. Su suma nos ha con vertido en lo que somos: organismos autoconscientes,
bucles animados". (2011, pág. 16).
Si los mecanismos de reproducción de la
realidad son los mismos que se usan para la re-producción de ficción, es
permisible promover escrituras de ficción a través de la revisión de aportes sobre
los procesos de escritura de no-ficción, el proceso es básicamente el mismo.
Una última sospecha tiene que ver con la idea
de que los escritores guardan celosamente las fórmulas exitosas que lograron en
sus laboratorios de creación, el esnobismo que posibilita la imagen del
escritor aislado alimenta el hermetismo del proceso. Uno se sorprende de que en
medio de tan alta secularización que caracteriza al ser contemporáneo
prevalezcan concepciones tan antiquísimas como la helénica que define al poeta (para
los griegos el escritor está contenido en el poeta [aedo]) como un daimon –mitad humano, mitad divino–. Quizá
por esta razón, numerosas experiencias de promoción de textos creativos se
conforman con la emulación de los productos de otros autores; es decir, la
re-creación o re-escritora que enfatiza poco en operaciones tan importantes
como la planeación y la corrección del texto.
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| En el Taller de cuento fantástico. Librería "Sin Límite", mayo 2018 |
Referencias
Coen, E., & Coen, J. (Dirección). (1991). "Barton
Fink" [Película].
Freud, S. (1937). "El malestar en la
cultura". Biblioteca libre Omegalfa.
Piglia, R. (1986). "Crítica y
ficción". Buenos Aires: Lectulandia.
Shaeffer, J.-M. (2013). "Pequeña
ecología de los estudios literarios: ¿por qué y cómo estudiar la
literatura?". Buenos Aires: Fondo de cultura económica.
Shklovsky, V. (1917). "El arte como
artificio".
Tolchinsky, L. (2014). (Comp.)
"Cuadernos de docencia universitaria". Barcelona: Octaedro.
Volpi, J. (2011). "Leer la mente. El
cerebro y el arte de la ficción". México: Alfaguara.